Buscar Menú
Inicio Noticias recientes Menú
ARTISTAS

Maurer: donde el groove se convierte en instinto

  • Sergio Niño
  • 1 June 2026
Maurer: donde el groove se convierte en instinto

Hay un momento, justo antes de que un set se consolide por completo, en el que la sala todavía está decidiendo. El ritmo está presente, pero la conexión aún no se ha asentado, y todo se siente ligeramente suspendido entre la intención y la respuesta. MAURER opera precisamente dentro de ese espacio: no fuerza la resolución, sino que la extiende, permitiendo que las frecuencias bajas se estiren por la pista hasta que los cuerpos empiezan a moverse sin pensar. Se trata menos de impacto que de alineación; menos de control que de reconocimiento. Lo que sucede a continuación no se impone; emerge.

Ese instinto se pone a prueba ahora en un nuevo contexto. Su primera gira por América Latina marca una expansión clara, no solo geográfica sino creativamente, situando su sonido en entornos que ya comparten un lenguaje rítmico similar. Colombia, Argentina y Chile no son territorios desconocidos en un sentido musical, sino espacios donde el groove carga un peso cultural de una manera diferente. La anticipación se basa en el intercambio más que en la proyección; en lo que se puede absorber tanto como en lo que se entrega. Buenos Aires, particularmente Under Club, destaca como un momento hacia el cual ha estado construyendo, mientras que Bogotá conlleva una conexión personal a través de los colectivos que abrieron la puerta a este recorrido.

“Es mi primera gira en forma y creo genuinamente que va a ser una experiencia fundamental. No voy allá pensando que necesito llevar algo extranjero; creo que mi sonido se sentirá como en casa, pero al mismo tiempo quiero absorber tanto como pueda porque eso es lo que mantiene vivo el proceso creativo”.

La idea del movimiento, no como expansión sino como renovación, se sitúa en el centro de su trayectoria. Lo que define ese camino no es la velocidad sino la acumulación: un proceso que se ha venido construyendo silenciosamente a lo largo del tiempo. Mucho antes del circuito de giras, antes del reconocimiento, antes de la cabina misma, estaba el estudio. La producción nunca fue un paso hacia otra cosa; fue la base. El DJing llegó más tarde, casi como una consecuencia, una forma de traducir lo que ya existía a un entorno físico.

“Antes de ser DJ, soy productor, y esa es la pura verdad. Estaba produciendo mucho antes de pararme detrás de unas compacteras, y ahora no se trata solo de tocar mis propios discos, sino de traducir mi visión artística a la pista de baile en su totalidad”.

Ese cambio, de exhibir a traducir, marca el verdadero punto de inflexión. El set ya no es un contenedor de tracks; se convierte en la obra misma, moldeada en tiempo real a través de la selección, el ritmo y el contraste. La identidad ya no está ligada a lanzamientos individuales, sino a cómo se ensamblan en movimiento. Cada decisión sirve a una estructura mayor, una que prioriza la coherencia por sobre la autoría. La pista de baile se convierte en un espacio donde la visión se pone a prueba, no donde se exhibe.

Existe una consistencia en ese enfoque, incluso a medida que el sonido evoluciona. Sus producciones tienen una densidad que se siente tanto controlada como inestable, arraigada en el groove pero empujando constantemente contra él. Esa tensión proviene de un lenguaje musical diferente que nunca lo abandonó por completo, uno moldeado por el hip-hop, el sampleo y una profunda sensibilidad hacia el ritmo. No es una influencia que se quede en la superficie, sino una que opera por debajo, dando forma a cómo se construye el movimiento.

“El sampleo ha sido uno de mi mayores aliados desde el primer día. Existe esta tensión que me encanta entre las texturas sonoras limpias y complejas y una esencia sucia de la vieja escuela que viene directo del rap y el hip-hop, especialmente en el swing; esa cualidad que te hace asentar con la cabeza, donde tu cuerpo se mueve antes de que tu cerebro siquiera lo registre”.

Esa conexión entre el hip-hop y el techno no es estética; es física. Vive en el swing, en el ligero retraso entre los elementos, en la forma en que el ritmo se niega a quedarse perfectamente quieto. Esa inestabilidad es lo que crea el movimiento, lo que empuja el cuerpo hacia adelante sin explicación. También es lo que evita que sus tracks se vuelvan puramente funcionales, que se aplanen en patrones predecibles que pierden peso emocional.

Para MAURER, el ritmo no es un elemento; es el marco sobre el que se asienta todo lo demás. Este enfoque está arraigado en una formación académica, en años dedicados a estudiar la percusión como estructura en lugar de como decoración. El groove no se añade; se construye desde cero, y cada capa refuerza el núcleo en lugar de distraer de él. Dentro de esa estructura, las frecuencias bajas se convierten en el verdadero ancla, el punto donde todo converge.

“Si tuviera que identificar la verdadera forma de comunicación en mi música, serían las frecuencias bajas. El low end mantiene unida la sala, y una vez que tienes esa base, puedes superponer diferentes emociones encima sin perder el control”.

Esta comprensión se extiende directamente a la forma en que construye un set. En lugar de sobreanalizar la sala, confía en el instinto, utilizando su propia respuesta física como guía. El proceso es inmediato e interno, no calculado. Si la música lo mueve, se queda. Si no, cambia. Esa honestidad se convierte en la única métrica confiable en un espacio donde las expectativas externas pueden distorsionar fácilmente la toma de decisiones.

“Me concentro en si la música me está moviendo en ese momento. Me pregunto si yo estaría bailando esto si estuviera en la pista, y eso es suficiente para saber si voy por el camino correcto”.

Ese enfoque instintivo se vuelve crucial al navegar la energía. Sus sets no están diseñados para mantener un solo estado, sino para moverse a través de diferentes registros emocionales. Los pasajes de alta intensidad se interrumpen, se reorientan y se contrastan con elementos melódicos que cambian la atmósfera sin reducir el impulso. El resultado no es una construcción lineal, sino un paisaje dinámico donde coexisten la tensión y la liberación.

“La melodía siempre tiene un lugar en mi sets. Cuando la introduces en el momento adecuado, todo el tono cambia, y ahí es cuando ocurre algo real. Prefiero correr ese riesgo antes que tocar solo lo que es funcional”.

El riesgo es estructural, no decorativo. Sin él, el set pierde dimensión. Con él, la sala se recalibra, la atención se agudiza y la experiencia se traslada a un lugar menos predecible. Ese movimiento es lo que transforma una secuencia de tracks en algo cohesivo, algo que se siente vivido en lugar de ensamblado.

LA CIUDAD QUE TE RECONECTA

Berlín se sitúa en el centro de esta evolución, no como un telón de fondo sino como una fuerza que reforma la percepción. El traslado a la ciudad marcó un punto de inflexión, un momento donde su comprensión del DJing pasó de la teoría a la experiencia vivida. Ese cambio no ocurrió gradualmente, sino a través de una ruptura específica, una noche que redefinió todo lo que siguió.

“Berlín es donde entendí el arte del DJing. El verdadero cambio ocurrió la primera vez que pisé Robus en RSO. Recordaré esa noche por el resto de mi vida”.

Esa experiencia no se resolvió de inmediato en claridad, sino que permaneció, reformando decisiones a lo largo del tiempo. Berlín opera a través de la exposición más que de la instrucción, forzando la confrontación con lo que se sostiene y lo que colapsa bajo presión. Es una ciudad que exige honestidad, tanto musical como personalmente.

“La ciudad es el entorno perfecto para conectar con otros productores, pero más allá de la música, su personalidad te moldea. Su oscuridad me fascina, pero también ofrece esta luz a través del arte y la libertad de expresión”.

Esa dualidad alimenta directamente su sonido. La tensión entre la oscuridad y la liberación, el control y la apertura, se incrusta en la manera en que su música evoluciona. No es algo que se añada conscientemente, sino algo que se filtra, gradualmente, hasta que se vuelve inseparable de la obra misma.

Al principio de su trayectoria, la idea de llegar estaba ligada a momentos específicos: un lanzamiento, una fecha, un umbral percibido que señalaría la entrada a la escena. Esa idea no sobrevivió al contacto con la realidad. Lo que la reemplazó fue un proceso más lento y menos visible, definido por la continuidad más que por el gran avance.

“Solía creer que habría un momento definitivo que marcaría el punto en el que oficialmente estaba dentro, pero la realidad es mucho más gradual de lo que jamás imaginé”.

Ese cambio lo replantea todo. El progreso ya no se mide a través de eventos singulares, sino a través de la acumulación, mediante la construcción silenciosa de un trabajo que eventualmente revela su impacto. La urgencia se desplaza de la validación externa hacia el proceso mismo.

“Pasas mucho tiempo donde nada parece moverse, y luego, un día, todo el trabajo acumulado empieza a dar sus frutos. Me diría a mí mismo que sea paciente y me concentre en el trabajo más que en los hitos”.

CONTINUIDAD SIN FIJACIÓN

A medida que el proyecto se expande, el desafío no es cómo cambiar, sino cómo seguir siendo legible mientras se cambia. Para MAURER, esa claridad se reduce a dos elementos que anclan todo lo demás: el groove y la melodía. Ellos proporcionan continuidad sin limitar la evolución, permitiendo que el sonido se mueva sin perder su núcleo.

“El groove y la melodía definen lo que hago. Siempre empujaré mi sonido hacia adelante, pero esos elementos son el hilo conductor que recorre todo”.

Todo lo demás permanece abierto. Las estructuras pueden cambiar, las referencias pueden evolucionar, pero la identidad se mantiene porque no está ligada a una fórmula específica, sino a una forma de construirla. Esa apertura se extiende a la colaboración, donde trabajar con otros se convierte en una manera de romper patrones e introducir nuevas perspectivas, manteniendo al mismo tiempo un sólido marco individual.

“Suelo trabajar solo porque he desarrollado mi propio flujo de trabajo, pero la colaboración es importante porque te saca de tus patrones y te muestra diferentes formas de pensar”.

Más allá de lo individual, ese pensamiento se expande hacia Drips, el colectivo que está construyendo con su equipo. No es simplemente una plataforma de eventos, sino una visión compartida, una forma de crear espacio para un sonido y una perspectiva que se extiende más allá de su propia trayectoria. Junto a eso, las metas futuras siguen siendo enfocadas pero intencionales, con una clara alineación hacia sellos y plataformas que reflejen su identidad en lugar de reformarla.

“Quiero seguir empujando mi música hacia adelante y lanzar en sellos que realmente admiro, al mismo tiempo que construyo Drips para que se convierta en algo que represente nuestra visión, no solo en Berlín sino más allá”.

El futuro no llega como una ruptura, sino como una continuación. Cada nuevo paso profundiza lo que ya está en su lugar, refinando en vez de reemplazar. Lo que lo mantiene unido no es el impulso ni la visibilidad, sino la orientación: un retorno constante a la misma pregunta interna. ¿Se mueve, se sostiene, se siente real en la sala? Todo lo demás viene después.

Carga el siguiente artículo
Cargando…
Cargando…