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ARTISTAS

Yuvée: Disciplina, Groove y Espacio

  • Sergio Niño
  • 30 January 2026
Yuvée: Disciplina, Groove y Espacio

La energía se vuelve más concentrada, menos performativa, más introspectiva. Su presencia no se anuncia a través del espectáculo, sino mediante el control; esa confianza silenciosa de quien sabe exactamente cuánta presión puede soportar una pista de baile antes de doblegarse. Esto es lo que sucede cuando Yuvée se pone a los decks.

Para Yuvée, la identidad nunca ha tenido que ver con etiquetas de género o lealtades estilísticas. Es un enfoque moldeado a partes iguales por la disciplina y la curiosidad. “Yuvée no es un género, sino un enfoque”, afirma, definiendo su proyecto no tanto como un sonido, sino como un conjunto de reglas internas. Las decisiones se toman con contención. Se evitan las concesiones a menos que se sientan emocionalmente honestas. Dentro de esa estructura hay espacio para moverse, para sorprender y para dejar que la intuición rompa el plan cuando la sala lo pide.

Ese equilibrio entre sensibilidad y firmeza atraviesa tanto sus producciones como sus sets. La música tiene peso sin necesidad de gritar, agresividad sin prisas. Los grooves pesados conviven con matices emocionales, y las aristas afiladas se suavizan con paciencia. “Creo en la música que no grita ni se sobreesfuerza”, explica, “sino que te atrae lentamente, pero con una intensidad real”. Es una filosofía que privilegia la acumulación sobre el impacto, y la tensión sobre el clímax.

Mucho antes de que los clubes se convirtieran en su principal escenario de expresión, la música ya era su lenguaje. La guitarra fue lo primero, junto a años de absorber formas del rock, el jazz y la clásica. La música electrónica llegó más tarde, pero con una claridad inmediata. El primer contacto con las cajas de ritmos y la síntesis no se sintió como un cambio de estilo, sino como una revelación de posibilidades: la emoción podía existir sin la instrumentación tradicional. El sentimiento podía ser diseñado.

Uno de sus primeros retos fue permitir que esa emoción coexistiera con la funcionalidad. La pista de baile exige claridad, pero no a costa de la profundidad. Aprender a dejar de luchar contra las herramientas y tratar al software no como un obstáculo, sino como una extensión de sí mismo, fue fundamental. “Al elegir comprometerme plenamente con mi verdad interior”, reflexiona, “me di cuenta de que ahí es donde ocurren las mejores cosas”. No solo en lo musical, sino también en lo personal.

Los entornos que lo rodeaban reforzaron esa lección. Sus experiencias en comunidades burner —desde grandes encuentros en el desierto hasta eventos regionales más pequeños— transformaron su comprensión de lo que debe ser una pista de baile sana. No consumo, sino participación. No exceso, sino presencia. Estos espacios influyeron en su noción del pacing (el ritmo de la sesión) y de la escucha colectiva, junto a un linaje de artistas cuya influencia se siente más en la actitud que en la imitación. Los grooves agresivos y la presión psicodélica conviven cómodamente con una tradición de narrativa emocional de largo formato.

Tel Aviv juega su propio papel en esta ecuación. La velocidad de la ciudad, su intensidad comprimida, se refleja en su sonido. Hay urgencia, pero también necesidad de liberación. La profundidad no llega como escapismo, sino como un contrapeso a la velocidad. La música espeja el entorno sin replicarlo, traduciendo la experiencia vivida en algo más elástico.

El Deep House sigue siendo el lenguaje central a través del cual ocurre esa traducción. No por lealtad, sino porque permite que la contradicción exista sin resolución: físico y emocional, hipnótico y terrenal. “El Deep House no es solo ritmo o groove”, dice Yuvée. “Se trata de crear un espacio”. Un lugar donde la gente pueda respirar, perderse y reconectar sin sentirse abrumada.

Sus pautas internas son simples pero estrictas. La honestidad es lo primero. El groove debe sentirse vivo, no impuesto. La tensión y la liberación se tratan como herramientas narrativas, no como efectos. Si algo no le conmueve, no sobrevive a la edición, por muy "correcto" que suene. Lo que el género le ofrece, por encima de todo, es contención: la capacidad de explorar la calidez, la oscuridad y la psicodelia sin caer en el exceso. Sutileza con propósito.

Esa intención se traslada directamente al espacio emocional que intenta abrir durante un set. El objetivo no es la catarsis mediante la fuerza, sino la conexión a través de la continuidad. “Quiero crear un espacio seguro y abierto”, explica, “donde la gente pueda relajarse y estar presente”. El viaje importa más que cualquier momento aislado. La tensión se genera para enfocar la atención; la liberación, para dejar que los cuerpos respiren. Si el público se va sintiéndose más ligero y conectado, el intercambio ha funcionado.

En el estudio, el proceso refleja ese equilibrio entre estructura e intuición. La mayoría de los tracks comienzan con la melodía o la armonía, a veces ancladas por el bombo y el bajo. Las referencias ayudan a mantener el foco al principio, pero el control cede gradualmente ante el instinto. El diseño de sonido y los arreglos se vuelven más táctiles, menos planificados. Probar los tracks en el club proporciona el filtro final. El mayor reto es saber cuándo parar; se resiste al perfeccionismo en favor de la vida. Un track está terminado cuando se siente completo, no cuando está inmaculado.

Lanzamientos como Freydies, What’s a Girl to Do y Rhythm in Motion funcionan no tanto como hitos, sino como instantáneas de su evolución interna. Cada uno representa una relación diferente con el groove, la emoción y la colaboración. Este último, en particular, abrió espacio al diálogo en el proceso creativo, permitiendo que otro flujo de trabajo remodelara sus instintos habituales. La colaboración se convierte en expansión, no en dilución.

La decisión de relanzarse bajo el nombre de Yuvée formalizó este cambio. No fue algo cosmético; marcó una alineación más profunda entre su persona y su obra. El sonido se volvió más psicodélico, más expresivo, más enfocado. “El nuevo nombre me dio la libertad de abrazar plenamente la emoción y el groove que buscaba”, afirma. El reconocimiento llegó de forma natural, no como un éxito de marketing, sino como una cuestión de claridad. Su firma se hizo audible.

Antes de cada set, su preparación es silenciosa y observadora. Pasa tiempo fuera de la cabina viendo cómo se mueve la gente, a qué distancia están unos de otros, qué tan presentes se sienten. Existe una estructura flexible de tracks, pero la sala siempre tiene el poder de veto. La atención se lee a través del comportamiento, no del ruido. A veces, la paciencia es el movimiento más poderoso. Saber cuándo no llegar al peak puede cambiar toda la trayectoria de una noche.

Al mirar a su alrededor, más que hacia adelante, Yuvée describe una sensación de alineación. Sigue explorando y descubriendo, pero con una intención sólida. La vida más allá del club alimenta su trabajo de forma indirecta: los viajes, el movimiento, la actividad física, los paisajes que pasan por su visión periférica. Estas experiencias dan forma al estado de ánimo y al flujo mucho antes de convertirse en sonido. El viaje continúa, no hacia un destino final, sino profundizando cada vez más en el proceso.

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