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The 5th Element Festival en Puerto Rico: cuando el underground recupera el sentido del ritual

  • Sergio Niño
  • 11 February 2026
The 5th Element Festival en Puerto Rico: cuando el underground recupera el sentido del ritual

En un ecosistema global donde la palabra “festival” suele asociarse a inmediatez, saturación y consumo acelerado, The 5th Element Festival en Puerto Rico propuso algo distinto. No se presentó como un simple evento de música electrónica, sino como un ritual colectivo; una experiencia que buscó devolverle profundidad al acto de reunirse alrededor del sonido.

Durante una semana, la isla se convirtió en un punto de convergencia entre música, naturaleza y comunidad. No fue un montaje que utilizara el paisaje como decoración, sino una integración real entre entorno y experiencia. Playa, vegetación, calor, humedad y cielo abierto formaron parte del relato. El cuerpo respondió distinto, la escucha fue distinta, la energía se movió en otro registro.

La premisa conceptual del festival es clara: unir los cuatro elementos clásicos, tierra, aire, fuego y agua, e invitar a los asistentes a descubrir el quinto. Ese quinto elemento no se explica, no se entrega como discurso de marketing. Se experimenta. Se activa en la colectividad, en el movimiento sincronizado de un dancefloor que decide entregarse, en la manera en que el sonido atraviesa el cuerpo cuando el contexto está cuidado.

La curaduría musical fue uno de los pilares más sólidos de la experiencia. Lejos de apostar por una narrativa de picos inmediatos, el festival construyó un recorrido progresivo. Sonidos orgánicos, minimalismos profundos y tech house con carácter convivieron en una secuencia que respetó el tiempo de la pista. Los sets respiraron. Las transiciones importaron. La programación no se sintió como una sucesión de nombres, sino como un tejido coherente.

Artistas como Dixon, Chus y Ceballos, Seth Troxler, Carl Craig y Nicole Moudaber marcaron el pulso de la semana, cada uno aportando su identidad a una experiencia que, sin embargo, trascendió lo individual. Lo interesante no fue solo quién tocó, sino cómo se tocó. Hubo espacio para el groove hipnótico, para la tensión sutil, para el viaje mental y para el momento catártico. Pero siempre dentro de un marco donde la música era el centro, no el espectáculo.

Esa intención se sintió también en los detalles técnicos y logísticos. El sonido estuvo cuidado con precisión. Los horarios respetaron la energía del entorno. Los espacios fueron pensados para facilitar la conexión, no para fragmentarla. The 5th Element demostró que el underground no es únicamente una cuestión estética o de género musical, sino una ética de producción y una filosofía de experiencia.

La misión declarada del festival, “devolverle sentido al momento”, no quedó en el papel. En un contexto cultural atravesado por la hiperestimulación y la distracción constante, el evento logró generar pausas. Momentos donde la atención no estaba dividida entre pantallas, sino enfocada en el presente. El caos no desapareció, pero encontró forma. Y dentro de esa forma, comunidad.

Más allá de la programación musical, la experiencia se expandió hacia lo ritual. Hubo una sensación de tránsito, de estar participando en algo que evolucionaba día tras día. La noción de “sagrado” no apareció como dogma, sino como atmósfera. El respeto por el espacio, por el otro y por la música generó un clima distinto al que suele vivirse en festivales masivos.

Desde una perspectiva latinoamericana, resulta relevante que un proyecto con esta ambición conceptual haya encontrado en Puerto Rico su territorio. La isla funcionó no solo como locación, sino como protagonista. Hay algo simbólico en que un festival que habla de elementos y colectividad se desarrolle en un contexto caribeño, donde la relación entre naturaleza, música y comunidad forma parte de la identidad cultural.

En lo personal, la experiencia adquirió un significado adicional. Para Halle y para mí, The 5th Element fue también nuestra luna de miel. Vivir ese contexto de celebración, conexión y descubrimiento como punto de partida de una nueva etapa le otorgó una dimensión íntima al viaje. En ese sentido, el festival dejó de ser únicamente un evento cultural para convertirse en memoria vital.

Parte de esa vivencia fue posible gracias a la hospitalidad y visión de nuestros hosts, Phil y Andrea. Su cuidado en los detalles, su comprensión del ritmo del festival y su capacidad para sostener el espacio contribuyeron a que la experiencia fluyera con coherencia. En proyectos de esta escala, la intención de quienes están detrás suele marcar la diferencia. Aquí, se sintió.

The 5th Element Festival no pretende competir en volumen con los gigantes del circuito global. Su apuesta es otra. Es una invitación a repensar el formato festival desde la profundidad y la intención. A recordar que el dancefloor puede ser un espacio de transformación real cuando se le permite desplegarse sin prisa y sin ruido innecesario.

Al regresar a casa, queda la sensación de haber participado en algo que no termina con el último track. El quinto elemento no es un concepto abstracto. Es esa energía compartida que permanece cuando la música se detiene. Es la conciencia de que el underground, cuando se construye con propósito, sigue siendo uno de los espacios culturales más potentes para la conexión humana.

En tiempos donde la escena se debate entre espectáculo y esencia, The 5th Element propone un recordatorio claro: el ritual sigue vivo. Y el sentido también.

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