Loveland Festival
El arte de vivir la electrónica en Países Bajos
Entre los árboles de Sloterpark y a orillas del Sloterplas, Loveland Festival reúne grandes nombres de la electrónica, distintas generaciones en la pista de baile y una atmósfera particularmente cálida que permite entender otra forma de vivir la cultura de festivales en Países Bajos.
Hay algo especialmente relajado en Loveland. Quizá sea el entorno, quizá la gente o simplemente la suma de pequeños detalles que hacen que, incluso tratándose de un festival de grandes dimensiones, la experiencia se sienta cercana, libre y particularmente cálida.
Los días 8 y 9 de agosto, Loveland Festival volvió a tomar Sloterpark, uno de los grandes espacios verdes de Amsterdam Nieuw-West. El parque se extiende alrededor del Sloterplas, un enorme lago que se convierte en parte esencial del paisaje y de la propia experiencia del festival.
Aquí, Loveland no parece simplemente instalarse sobre un terreno: dialoga con él. Los escenarios aparecen entre árboles y áreas verdes, los caminos bordean el agua y trasladarse de un punto a otro se convierte en parte de la experiencia.
Por momentos estás frente a una pista llena y, pocos minutos después, caminando junto al lago, observando a la gente descansar, convivir o participar en alguna de las actividades sobre el agua.
Sloterpark permite que Loveland respire.
Entre el bosque y el lago
Hay festivales que parecen diseñados alrededor de una sola misión: correr de escenario en escenario intentando cumplir un timetable. Loveland propone un ritmo diferente.
El lago introduce una dinámica particular. Las actividades sobre el Sloterplas, los espacios verdes y las zonas donde simplemente es posible sentarse y observar lo que sucede alrededor crean momentos de pausa entre un set y otro.
Puedes bailar durante horas, alejarte por un momento, acercarte al agua y después regresar a la música.
La naturaleza no funciona únicamente como escenario. Se integra a la experiencia y ayuda a construir un festival donde no parece necesario estar haciendo algo constantemente para sentir que estás aprovechando el día.
Luego están los pequeños detalles.
Loveland incorpora elementos decorativos a lo largo del parque que aparecen casi inesperadamente durante el recorrido. Entre ellos, algo tan sencillo como burbujas flotando por los caminos mientras cientos de personas se desplazan de un escenario a otro termina convirtiéndose en una de esas imágenes que permanecen en la memoria.
No son necesariamente las intervenciones monumentales las que construyen la personalidad del festival. Muchas veces son estos pequeños gestos los que hacen que el espacio se sienta cuidado.
El pulso musical de Loveland
Por supuesto, uno de los grandes pilares de Loveland sigue siendo su programación.
El festival despliega diferentes vertientes de la electrónica a través de sus escenarios, permitiendo que cada recorrido sea prácticamente distinto dependiendo de hacia dónde decidas caminar.
Para quienes buscaban los sonidos más crudos y contundentes del techno, el 909 Stage concentró algunos de los momentos más potentes de la jornada.
Rødhåd, Ben Sims, Freddy K y Daria Kolosova formaron parte de un recorrido que mantuvo la pista en movimiento durante horas, mientras que Collabs 3000 —el proyecto conjunto de Chris Liebing y Speedy J— reunió a dos figuras fundamentales del género en una misma cabina.
Pero el momento definitivo llegó al cierre.
Ben Klock tomó el control del 909 para el último set y entregó uno de esos cierres capaces de condensar todo lo vivido durante el día. Hipnótico, preciso y contundente, construyó un set que fue creciendo hasta apoderarse por completo de la pista.
Entre la oscuridad, el bosque y un público que parecía no querer detenerse, Klock terminó firmando, desde esta perspectiva, uno de los grandes momentos de Loveland y el set que se llevó el festival.
Sin embargo, reducir la programación al techno sería ignorar buena parte de su propuesta.
En otros escenarios, Kevin de Vries b2b Enrico Sangiuliano ofrecieron otro de los encuentros destacados del cartel, mientras nombres como Colyn y una figura histórica como Sven Väth ampliaron el espectro sonoro y generacional de la programación.
Ese contraste es también parte del atractivo de Loveland. Es posible construir un recorrido prácticamente entero alrededor del techno o abandonar el plan original y dejarse llevar por lo que aparece en el siguiente escenario.
En ese sentido, el lineup no funciona únicamente como una lista de nombres: también determina la manera de recorrer Sloterpark. Seguir la música significa atravesar el bosque, bordear el lago, detenerse en el camino y descubrir que parte de la experiencia sucede precisamente entre un set y el siguiente.
Una vibra particularmente cálida
Si hubiera que describir la energía de Loveland con una palabra, probablemente sería chill. Pero después de recorrerlo durante varias horas aparece otra: amorosa.
Existe una calidez particular en la manera en que las personas ocupan el festival. Se baila, se conversa, se descansa y se comparte el espacio sin que el ambiente pierda intensidad frente a los escenarios.
No parece existir demasiada urgencia por llegar primero, ocupar la primera fila o estar en todas partes al mismo tiempo.
Y esa sensación termina trasladándose a la manera en que se vive la pista.
Hay espacio para bailar intensamente frente a una cabina, pero también para sentarse junto al lago, encontrarse con amigos o simplemente recorrer el parque. Son diferentes maneras de participar de una misma experiencia.
Una pista sin edad
Una de las imágenes más interesantes de Loveland aparece simplemente al observar a su público.
La diversidad generacional es evidente.
Hay asistentes jóvenes, pero también una presencia notable de personas mayores que continúan vinculándose con la música electrónica con absoluta naturalidad. Es posible encontrarse incluso con familias, padres y sus hijos adultos compartiendo la pista y disfrutando juntos de los mismos artistas.
La imagen dice mucho sobre una escena con décadas de historia.
Muchos de los nombres del propio lineup llevan décadas construyendo sus trayectorias al mismo tiempo que su público ha crecido con ellos.
Loveland hace visible esa continuidad.
Aquí, salir a bailar no parece tener una fecha de caducidad. La electrónica no se percibe necesariamente como una etapa asociada exclusivamente a la juventud, sino como una cultura capaz de acompañar a las personas durante distintas etapas de su vida.
Ver a padres e hijos adultos compartiendo un festival, o simplemente a distintas generaciones bailando frente a una misma cabina, transforma la pista en algo más que un espacio de fiesta: la convierte también en un punto de encuentro.
Una experiencia más accesible
Esa diversidad no aparece únicamente en términos generacionales.
Durante el recorrido también es posible observar a personas en silla de ruedas o con distintas necesidades de movilidad formando parte de las pistas y desplazándose por el festival.
En un espacio natural y extenso como Sloterpark, donde recorrer el festival implica largas distancias, las facilidades para personas con movilidad reducida adquieren una relevancia especial.
Más allá de utilizar la palabra “inclusión” como parte de un discurso, verla reflejada entre el público refuerza una de las sensaciones presentes durante Loveland: la posibilidad de compartir la experiencia desde realidades distintas.
Porque una cultura construida alrededor de la pista también implica preguntarse quién tiene acceso a ella.
Otra manera de vivir los festivales
Quizá lo más interesante de Loveland aparece cuando se observa como parte de algo mucho más grande.
El festival permite entender algo que va más allá de su programación, sus escenarios o incluso del propio Sloterpark: la manera en la que se vive la música electrónica en Países Bajos.
En un país donde esta cultura lleva décadas formando parte de la identidad musical y nocturna, los festivales parecen responder a otra lógica. No se trata únicamente de ver al artista del momento o llegar hasta el frente de un escenario; hay una forma mucho más relajada de habitarlos, recorrerlos, descubrir música, descansar junto al lago y volver a bailar.
La diversidad generacional también habla de esa historia. Personas que comenzaron a asistir a fiestas hace décadas continúan encontrando en estos espacios un lugar propio, mientras nuevas generaciones se incorporan a una cultura que ya estaba ahí antes que ellas.
Quizá ahí está una de las grandes diferencias al vivir un festival en Países Bajos: la música sigue siendo el centro, pero no es lo único.
Importan el espacio, la comunidad, la libertad y la manera en que cada persona decide disfrutarlo.
Loveland reúne todas esas capas: un lineup capaz de cruzar generaciones y diferentes vertientes de la electrónica; un parque convertido en pista de baile; un enorme lago alrededor del cual también sucede el festival; pequeños detalles que transforman el recorrido; públicos diversos y una atmósfera particularmente cálida.
Loveland es una muestra de una escena que no solamente ha aprendido a organizar grandes festivales, sino también a hacer de ellos una forma muy particular de vivir la música electrónica.
