Carlos López: hacer que la magia suceda y que todo funcione
De las primeras fiestas sin permiso en Texcoco a Day Zero, Get Lost y la llegada de Futur Festival México, el fundador de Lostnights ha construido su trayectoria sobre una idea sencilla: hacer las cosas bien. Hoy, esa filosofía también dialoga con la regeneración ambiental y la alianza con NAT5.
Para Carlos López, producir un festival nunca ha consistido únicamente en levantar escenarios, coordinar artistas o conseguir que la música suene a tiempo. También implica entender el territorio, trabajar con las comunidades y asumir la responsabilidad de lo que ocurre antes, durante y después de que se enciendan las luces. Esa visión atraviesa su trayectoria y hoy encuentra una nueva expresión en Futur Festival México, que llegará a Monterrey con una alianza con NAT5 para impulsar la restauración de ecosistemas en la Sierra Madre Oriental.
La conversación ambiental no se limita al festival. NAT5 Live, celebrado en el marco de México por el Clima en el Papalote Museo del Niño, reunió a empresas, instituciones y proyectos regenerativos para conectar la conservación de la naturaleza con la inversión y la acción colectiva. Son territorios aparentemente distintos —la industria musical y la economía regenerativa—, pero comparten una pregunta: ¿qué huella deja un evento cuando termina?
La respuesta de López empezó a tomar forma mucho antes de que se hablara de festivales inmersivos o experiencias de clase mundial. En 2005, cuando tenía apenas 16 años, organizaba fiestas con sus amigos en Texcoco. Un primo fungía como responsable de producción; su hermano cobraba en la barra. La estrategia de promoción era tan artesanal como efectiva: diseñar flyers, imprimirlos, repartirlos y mandar correos electrónicos. No había grandes patrocinadores ni una estructura formal. Tampoco había permisos.
«Empecé a los 16, 17 años haciendo fiestas para mis amigos, con mis amigos, pero no muy legales, sin permiso, sin avisarle a nadie. Mi medio de comunicación era diseñar los flyers, imprimirlos y repartirlos, y mandar mails. Estoy hablando de 2005, 2006», recuerda.
La primera lección: hacerlo bien
Aquellas fiestas comenzaron a llamar la atención, incluso de quienes veían cómo parte de su clientela se iba a otros encuentros. Las quejas llegaron hasta su madre. En casa, donde el dinero no sobraba, aquello podía haber terminado en un castigo. Pero ocurrió lo contrario.
«Mi mamá decidió apoyarme en lugar de castigarme. Me dijo: hazlo bien. Te gusta esto, y unos adultos te van a ayudar».
Ese «hazlo bien» se convirtió en una forma de entender el oficio. La siguiente escuela no fue un salón de clases, sino una empresa de carpas: Grupo Serna. Como era el único que hablaba inglés, López comenzó a servir de enlace entre proveedores extranjeros y equipos locales. Poco a poco asumió responsabilidades en instalaciones y montajes para marcas y proyectos gubernamentales. Allí aprendió de planos, tiempos, cuadrillas, logística y permisos: todo aquello que el público no ve, pero de lo que depende que un espectáculo exista.
Mientras adquiría experiencia detrás del escenario, seguía siendo un apasionado de la pista. Durante su adolescencia se escapaba de Texcoco para ir a clubes de la Ciudad de México y regresaba de madrugada. La música electrónica ya formaba parte de su vida; todavía no sabía hasta dónde lo llevaría.
En 2012 ambos caminos se encontraron. López admiraba a Damian Lazarus como fan y fue contactado por su equipo de producción para colaborar en una idea que apenas comenzaba a tomar forma: Day Zero. Al principio tenía otros compromisos profesionales, pero se involucró en el proyecto. Nunca se alejó de él.
Day Zero: la selva no admite improvisaciones
Day Zero nació en 2012, en torno al cierre del calendario maya y a la posibilidad de imaginar nuevos comienzos. Desde entonces, su celebración en la selva de Tulum, en el entorno de Dos Ojos, se ha convertido en uno de los proyectos emblemáticos de Crosstown Rebels, el sello de Lazarus. Durante una experiencia que puede extenderse entre 18 y 20 horas, conviven house, techno, presentaciones en vivo, instalaciones artísticas, espacios ocultos y expresiones vinculadas con la tradición maya.
Hay una división de responsabilidades que explica parte de su identidad. Eden Schroder, directora de Experiencia y compañera de Carlos en el proyecto desde la primera edición, imagina el universo que descubre el público: recorridos entre la vegetación, rincones inesperados y puertas que conducen a pequeños espacios secretos. López se encarga de volverlo posible. Producción general, operación, escenarios, proveedores y coordinación con las autoridades pasan por su equipo.
En ese entorno, la creatividad tiene límites muy concretos: los que impone la naturaleza. No se puede intervenir la selva como si fuera un recinto convencional. «Si 20 personas no pueden cargarlo para levantarlo, no va a pasar», explica Eden. Carlos describe una premisa igual de contundente: evitar la tala de árboles y la remoción innecesaria de plantas. Cuando es posible, un equipo local reubica la vegetación; cuando no, el montaje se adapta a ella. A esto se suman la separación de residuos desde la instalación y la búsqueda de alternativas al plástico.
La relación con la comunidad también es parte de la producción. El festival emplea a personas de la zona, da espacio a artesanos y pequeños negocios, ha contribuido a mejorar el camino de acceso y apoya a la escuela local. «Nosotros los cuidamos, ellos nos cuidan», resume López. Con las autoridades, su regla es igualmente clara: compartir la información necesaria antes de que alguien tenga que solicitarla.
El tamaño del desafío ha crecido con los años. De un escenario, unas cuantas luces y proveedores locales, Day Zero pasó a un despliegue de tres escenarios, iluminación de KONA, sonido Funktion-One de la mano de Loto Audio y más de 15 kilómetros de cableado. Para garantizar el suministro eléctrico se recurre a generadores trasladados desde Monterrey con Sielek. «Sin energía, no hay festival».
Por eso López considera a Day Zero una de las producciones más complejas de su carrera. La humedad, las lluvias y el acceso al sitio son apenas una parte del problema. Hay que sumar permisos, seguridad, coordinación institucional y una operación de enorme precisión. Además, no existe la posibilidad de repetir la función al día siguiente. «Solo tenemos UNA oportunidad para hacer el evento. No hay margen de error».
Miami: aprender a trabajar by the book
Su vínculo con Lazarus también lo llevó a Get Lost, la maratónica fiesta de 24 horas en Miami, cuya producción asumió durante 15 años. Allí conoció otro tipo de exigencia. En ocasiones, contrataba cuadrillas de trabajadores hondureños y salvadoreños a quienes encontraba temprano en el estacionamiento de una ferretería, y a quienes formaba como productores júnior. Si Day Zero se construye desde la selva y el misticismo, Get Lost, dice, tiene una energía más industrial.
Fue en Estados Unidos donde terminó de consolidar una convicción: las ideas más ambiciosas necesitan reglas claras.
«Aprendí a trabajar en Estados Unidos por las reglas que sí tienen. Me sirvió para hacer las cosas bien, by the book. Aprendí que todo se puede hacer, todo, si lo haces bien: avisando a las autoridades, viendo las medidas de precaución, con coordinación total».
Lo que había comenzado con fiestas sin permisos se transformó en un método basado en la anticipación. Revisar, comunicar, coordinar y prevenir. La disciplina operativa no está reñida con la libertad de la pista; es lo que permite que el público se entregue a ella. López lo resume con una advertencia: «Si quieres pasar una mala noche, déjalo al último».
Un mapa sin fronteras
Desde 2012, Carlos López ha estado al frente de Lostnights y ha participado en distintas producciones ligadas al universo de Damian Lazarus. Fue cofundador de Zamna Festival entre 2018 y 2021 y ha trabajado en proyectos de la dimensión de Ultra México y Mayan Warrior. Su trayectoria lo ha llevado a Brasil, Argentina, Barcelona, Mykonos, Montenegro y el Mar Muerto, además de escenarios en Nueva York, Ibiza, Israel, Las Vegas y el Valle de Guadalupe.
Su experiencia también abarca el universo corporativo: ha producido eventos para Apple Music Global, donde los tiempos, la operación y cada detalle responden a estándares particularmente exigentes. Sin embargo, lo que más lo atrae no es necesariamente la escala. Es la oportunidad de transformar espacios que, en apariencia, no fueron pensados para recibir un evento.
Por eso le interesan los paisajes naturales, la arquitectura efímera y los lugares capaces de provocar una sensación de descubrimiento. Un viaje reciente a Egipto fue, en realidad, una visita de exploración para evaluar locaciones. Desde Tulum, donde vive, sigue convencido de que casi cualquier destino esconde un sitio extraordinario que sus habitantes conocen y que puede dar lugar a un festival, una cena o un encuentro íntimo.
De Turín a Monterrey: un futuro con raíces
Esa manera de mirar los espacios explica su apuesta más reciente. Futur Festival, nacido en Turín, Italia, encontró su identidad en Parco Dora, un antiguo complejo industrial transformado en parque público. Llevar el concepto a México no fue una oportunidad que llegó por casualidad: fue una búsqueda impulsada por la afinidad entre los equipos.
Luca, socio de López y director financiero de la empresa, mantenía desde hacía años amistades en común con los responsables del festival italiano. La relación abrió la puerta; el siguiente reto fue encontrar la ciudad adecuada. La Ciudad de México parecía la opción más evidente, pero el equipo quería proponer otro recorrido.
«En la Ciudad de México pasan muchas cosas. Queríamos traerlo a una ciudad que fuera propia para esto. Monterrey se parece mucho a Turín».
La visita al Parque Fundidora terminó de darle sentido a la elección. Parco Dora y Fundidora comparten un pasado industrial que hoy convive con nuevos usos culturales. Para los socios italianos, el paralelismo resultó inmediato. «Dijeron: esta es la señal divina, como si fuera el águila comiéndose a la serpiente».
La edición mexicana, programada para el 13 y 14 de noviembre de 2026, también parte de una decisión cultural: contribuir a descentralizar la escena electrónica del país y mostrar al público internacional una cara distinta de México. «Queremos que el mundo vea cómo se vive allá. Tenemos boletos vendidos de muchos países y nos sorprende. ¿Cómo que un rumano viene por acá? Queremos que la banda vea otra parte de México». Carlos incluso imagina una carne asada para que los DJs conozcan el norte antes de subirse al escenario.
Pero esta edición aspira a dejar algo más que recuerdos. A través de su alianza con NAT5, Futur Festival México destinará cinco dólares de cada entrada a proyectos de restauración de ecosistemas en la Sierra Madre Oriental. La iniciativa, presentada bajo el concepto The Futur is Green, busca vincular la experiencia musical con aportaciones ambientales medibles. Es una forma concreta de llevar a la práctica una conversación que NAT5 Live y México por el Clima han puesto sobre la mesa: la naturaleza no es solo el escenario de nuestras experiencias, sino un patrimonio que requiere inversión, cuidado y compromisos verificables.
Para alguien acostumbrado a producir en la selva, la idea tiene una resonancia especial. No se trata únicamente de ocupar lugares extraordinarios durante una noche, sino de preguntarse qué relación se construye con ellos a largo plazo.
Hacer feliz a la banda
Entre ciudades, festivales, desafíos logísticos y años de experiencia, López vuelve una y otra vez a una definición inesperadamente sencilla de su profesión. Cuando Dennise le pregunta si tiene algún otro trabajo además de producir eventos, contesta sin titubear:
«Es mi único trabajo. He hecho muchas cosas, pero mi trabajo es ese. Hacer feliz a la banda».
La frase puede sonar ligera hasta que se entiende todo lo que hay detrás: noches sin dormir, tráileres que no llegan, permisos que deben tramitarse a tiempo, montajes bajo condiciones extremas y equipos que terminan convirtiéndose en una segunda familia. «En esto ves más a tus compañeros de trabajo que a tu propia familia», reconoce.
En Day Zero, esa vocación adopta otra forma: conseguir que, durante unas horas, las personas dejen sus preocupaciones afuera y se permitan vibrar, conectar y sanar. En Monterrey, el desafío será distinto, pero el propósito sigue intacto: que la experiencia sorprenda al público y tenga sentido más allá del último beat.
Al final, la historia de Carlos López no comienza en los escenarios monumentales ni en los destinos que hoy forman parte de su itinerario. Comienza en Texcoco, con un adolescente que repartía flyers y una madre que, en vez de prohibirle seguir, le dio una instrucción que terminaría por definir su carrera.
Hazlo bien.
Más de dos décadas después, sigue siendo su mejor hoja de ruta.
